Cuenta la leyenda que durante la guerra Calchaquí, qué fue la etapa más negra de la conquista española en esta parte del continente, los españoles encontraban tenaz resistencia en todo el Abaucán, casi último reducto libre que quedaba en la región. Los diaguitas se atrincheraban en la fortaleza de Wuatungasta, ciudad construida en la boca de la quebrada del Río hoy conocido como el Río de la Troya.

Se libra allí una sangrienta lucha entre los españoles y los diaguitas comandados por «Tincan» quien fuese quizá el último cacique de Wuatungasta, que tiñe de rojo las aguas del río, tal es así que el capitán español, jefe del ataque a Wuatungasta llamó al lugar «La Troya», por comparar el horror y muertes con la tragedia troyana donde el río tiño de sangre sus aguas y el tendal de cuerpos era tan grande tal cual lo contaba Homero en su obra «Iliada».
Los diaguitas retroceden ante los españoles mejor armados, quienes ya huían heridos y
atemorizados. Muchos huyeron hacia el valle de las Tamberías, otros lo hicieron hacia el Abra del Paraguay, por ser este un pasaje secreto, socavón o caverna natural que existe en el cerro de Anillaco que hoy muchos conocen como Salamanca.
Una india abrazando a su único hijo, muy pequeño, quiere librarlo de la muerte y corre desesperada por el lecho del Río Abaucán. Cae y vuelve a levantarse, y así por muchos kilómetros hasta llegar a un oscuro barranco que le ofrece un momentáneo descanso y refugio. Es esos momentos hay un silencio profundo que la inunda de miedo y desolación. El niño empieza a llorar, cuando ve a la distancia a un soldado español montado en su caballo quien sigue sus rastros.
La indiecita a lo lejos podía ver el recodo del río Abaucán que desembocaba directamente
al bolsón de Tinogasta. En este punto se encuentra el Portezuelo, por donde el acceso a la montaña se sería fácil y ante el cual el caballo del español no podrá escalar.
La india corre desesperadamente por el lecho del río, luego se pierde entre los matorrales,
ante el grito funesto del soldado español que le ordena detenerse. Luego de una carrera alocada y ante la aproximación del soldado español, empieza a escalar los médanos próximos al portezuelo.
Le flaquean las piernas, su cansancio es tremendo y sin embargo avanza paso a paso empujada por una fuerza misteriosa cayendo entre chaguares, lastimada por las espinas de los arbustos y acompañada por el doliente llanto de su hijo.
Así, lucha desesperadamente hasta llegar a la cima donde una gran roca la cubre, el soldado español cruza el río, ata su caballo en una tusca y comienza a buscar a la india, al dirigir la vista a lo alto ve a la india junto a una gran roca.
En ese entonces, la india que ve al soldado empieza a escalar la montaña desesperadamente, pues no tiene escapatoria. Intenta arrojarse al abismo pero su instinto de madre la detiene, aprieta a su hijo junto al pecho y prorrumpe un grito tan estridente y doloroso que produce un eco repetido por todos los cerros aledaños:… ¡PACHAMAMA…!, … ¡PACHAMAMA…!,… ¡PACHAMAMA…!,… ¡PACHAMAMA…!
Antes de ser muertos por el español prefiero ser piedra… lo que se Repite por todo el vale de El Puesto y de Anillaco.
Ante el estruendo, el grito desgarrador, …los cerros se desmontaron en cascadas de piedra y arena… y el milagro se produce, ruge el viento ZONDA que sopla como nunca.
La fuerza del viento hace caer al soldado español que trepaba por una piedra, herido y lleno de miedo por el milagro busca a su caballo quien ante semejante viento había huido despavorido, el soldado se pierde en medio de la oscuridad.
Desde lejos viene la noche empapada de gritos.
Las lomadas, desnudas de árboles y de pájaros, sé llenaron de llantos.
El pueblo de Wuatungasta se perdió esa noche. Al otro día sólo un gran silencio se oía en el caserío
A la mañana siguiente, cuando todo era quietud, la montaña, única testigo del drama
terrible, muestra al español buscando a la india y a su hijo para terminar con su trabajo, pero lo único que encuentra es la silueta de una madre india con su hijo en brazos convertidos en piedra.
Así se erige hoy en día para simbolizar a la humanidad, AL AMOR MATERNO DE UNA RAZA DESESPERADA QUE AMÓ LA LIBERTAD Y QUE ANTES DE SER PRISIONERA CON SU DESCENDENCIA PREFIRIÓ SER ROCA ETERNA!!
Créditos: Natalia Lorenza Fernández
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